martes, 2 de diciembre de 2014

Estoy tremendamente aburrida. Igual es el exceso de hormonas, que me pone rancia. Ojala lo sea y en unos días regrese a un estado más confortable. Pero no se me ocurre nada que pudiera entusiasmarme. Quizás en M. las cosas cambien. Voy por la calle mirando a la gente, sus caras, cosa que nunca hago, y me pregunto si lxs demás estarán emocionadxs en sus vidas o si andaremos todxs en semejante monotonía.

Estoy leyendo un libro sobre un misionero que ha convivido 30 años con una tribu amazónica, los piraha. Los piraha viven bajo los árboles, cerca del río, en frágiles cabañas que no tienen más que techo. Sus posesiones son escasas. Durante sus vidas pescan, cazan, recolectan y conversan. Dice el misionero que es un pueblo satisfecho, que se les percibe satisfechos, seguros, contentos. No todos los pueblos que viven en condiciones semejantes lo son (lo digo para no idealizar su forma de vida), pero ellxs sí. Y añade que, por el contrario, nosotrxs lxs occidentales vivimos insatisfechxs. En nuestra insatisfacción nace nuestra creatividad e innovación. Un pueblo satisfecho se limita a repetir lo de siempre, incuestionado.   

jueves, 27 de noviembre de 2014

Dice el libro que los piraha cambian de nombres dos, tres, cuatro veces a lo largo de su vida. Pero no es sólo un cambio de nombre, es también un cambio de identidad, ahora son otros, diferentes.

Se trata de una tribu de la selva amazónica.

Yo ya no soy ni la niña, ni la adolescente ni muchas otras.

Cuando recuerdo a mis amigas de siempre por aquel entonces (de 23 años para abajo) y las observo ahora no las reconozco. Estuve unos años fuera y al volver no sé si habían cambiado ellas o mi percepción. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Después de no sé cuantos años, he vuelto.

Al principio, vivía cerca de Alonso Martinez, en una casa preciosa que pertenecía al hijo de unos amigos de mis padres. Se la compró pensando que pasaría el resto de su vida en la capital  Entonces, le trasladaron. Y entré yo a estrenar un fabuloso primer piso en la calle J.

En aquella cama me acosté con mi primera novia. Cerca, alquilábamos películas y juegos para la play, comíamos hamburguesas del burger, verduras del mercado. Ella vivía con sus padres algunas paradas de metro más allá. Yo vivía sola.