martes, 2 de diciembre de 2014

Estoy tremendamente aburrida. Igual es el exceso de hormonas, que me pone rancia. Ojala lo sea y en unos días regrese a un estado más confortable. Pero no se me ocurre nada que pudiera entusiasmarme. Quizás en M. las cosas cambien. Voy por la calle mirando a la gente, sus caras, cosa que nunca hago, y me pregunto si lxs demás estarán emocionadxs en sus vidas o si andaremos todxs en semejante monotonía.

Estoy leyendo un libro sobre un misionero que ha convivido 30 años con una tribu amazónica, los piraha. Los piraha viven bajo los árboles, cerca del río, en frágiles cabañas que no tienen más que techo. Sus posesiones son escasas. Durante sus vidas pescan, cazan, recolectan y conversan. Dice el misionero que es un pueblo satisfecho, que se les percibe satisfechos, seguros, contentos. No todos los pueblos que viven en condiciones semejantes lo son (lo digo para no idealizar su forma de vida), pero ellxs sí. Y añade que, por el contrario, nosotrxs lxs occidentales vivimos insatisfechxs. En nuestra insatisfacción nace nuestra creatividad e innovación. Un pueblo satisfecho se limita a repetir lo de siempre, incuestionado.